EL SACERDOTE SAUNIERE Y EL TESORO DE RENNES

 

"Pueblo chico, infierno grande", suele decir la gente. Y será que ese dicho no está para nada errado, porque las cosas más extrañas y retorcidas suelen tener por telón de fondo una pequeña localidad. Por ejemplo: Rennes-le-Chateau, en Francia.

Pero primero debemos hablar de la persona y luego del lugar. Francois Berenger Sauniere nació en 1852 en Montazels (Francia). Es el mayor de siete hijos y estudiará para ser sacerdote, al igual que otro de sus hermanos, Alfred. Es ordenado en 1879 y su carrera apunta muy bien: de vicario en Alet pasa a párroco del Decanato del Clat y seguidamente a profesor del Seminario de Narbona. Todo parece muy auspicioso y se augura un gran futuro para Berenger Sauniere, pero... de pronto algo sucede.

Así, como de la nada, se le cortan las alas y es enviado a una parroquia de segundo orden: precisamente en Rennes-le-Chateau. "Fue degradado", dirán después todos los entrevistados y los investigadores. Pero hay algo que no toman en cuenta: es bien posible que el sacerdote  cumpliera una misión ya desde el principio, un objetivo sólo conocido por él y sus mandantes.



Lo cierto es que al llegar al pueblo, nuestro hombre encuentra sólo problemas. Una iglesia en estado lamentable, con el tejado tan deteriorado que la bóveda se está hundiendo y, en consecuencia, deja entrar la lluvia. Y qué decir del presbiterio, prácticamente ruinoso, lo cual hace que el sacerdote deba alojarse en una casa y, por ende, pagar alquiler.

Para colmo, apenas llegado comete una "imprudencia": es 1885, estamos en época de elecciones y resulta ser que Berenger Sauniere pronuncia un virulento sermón político, donde tilda al prefecto de "reaccionario militante". Como consecuencia, el gobierno le corta los víveres (en esa época, los sacerdotes cobraban un sueldo del Estado).

Entramos entonces en el misterio: en 1886, sin sueldo desde hace meses, con sus cuentas en rojo y debiéndole a cada santo una vela, adelanta 518 francos oro (de la época) a un contratista, para comenzar las reparaciones en la iglesia. No obtuvo ese dinero de sus superiores, ni de familiares, ni de un préstamo. Menos que menos de los lugareños (en 1886, el pueblo tiene 300 habitantes, casi todos pequeños agricultores).



La cuestión es que el párroco desea comenzar los trabajos cuanto antes. Y dispone empezar por el altar de la iglesia, así como retirar todo el pavimento de la nave y el coro de la misma. Seis personas ponen manos a la obra y, al poco tiempo de iniciarse, se descubren antiguos pergaminos en un pilar que resultó estar hueco. De inmediato son entregados al cura.

Las tareas siguen adelante, ahora con presencia continua del sacerdote. Es el propio Berenger Sauniere quien, al mover una losa del piso, ayudado por dos albañiles, descubre lo que los trabajadores describieron como "un recipiente con objetos brillantes". No tienen tiempo de ver más: el cura les indica que paren para comer y se vayan. Después le dice a la cuadrilla que se trataba de "medallas de Lourdes sin el menor valor".

Pero lo más probable es que se tratase de un tesoro en monedas de oro antiguas. Aunque quizás no fuesen las monedas lo más valioso, sino los pergaminos. No por su valor como antiguedad, sino por su contenido, ya que el sacerdote realizó acto seguido un urgente viaje a París que mantuvo en secreto, valiéndose para ello (entre otras cosas) de una foto trucada.


Estando en París, el sacerdote se hizo tomar una foto en un estudio. Pero cuando regresó al pueblo, se encargó de enmarcar una copia a la que le cambió el sello y la firma del estudio, poniendo en su lugar la de un fotógrafo de Limoux. Ergo: no quiso que nadie supiera el destino verdadero del viaje.

Lo más interesante de todo es que Berenger Sauniere no llegó a París como un despistado curita de pueblo. Se vinculó de inmediato con figuras del ocultismo francés y con un experto en paleografía, linguística y antiguas escrituras (Emile Hoffet). En particular, Hoffet se interesaba en las sociedades secretas y sus ramificaciones.

Fuese lo que fuese que el sacerdote esperase obtener en París, lo consiguió. Porque volvió a Rennes-le-Chateau completamente cambiado y se entregó a extraños trabajos. Por de pronto, comenzó a realizar a diario exploraciones en las inmediaciones de una cañada del arroyo de Couleurs. Cargaba a su espalda una especie de cesto que regresaba lleno. A los curiosos, les decía que estaba recolectando rocas para construir una pequeña gruta para la Virgen.



La cosa empeora por las noches. Se encierra en el cementerio y lo altera. Parece buscar tumbas no declaradas, al tiempo que transporta un par de lápidas al otro extremo del camposanto y, aún más extraño, se dedica a pulir una de ellas hasta hacer desaparecer las inscripciones de la misma.

Una vez más, encontró lo que buscaba. El 21 de septiembre de 1891 anota en su Diario, escuetamente: "Descubrimiento de una tumba". A partir de allí, las excavaciones nocturnas continuaron, pero al parecer, concentradas en un sitio. Entretanto, los lugareños juzgaron todo esto muy raro y se quejaron al prefecto. El prefecto intimó al sacerdote a explicarse y este último lo despachó diciendo que estaba haciendo "mejoras" en el cementerio.

Como sea, a partir de cierto punto cesaron las actividades nocturnas del párroco. Y empezaron otras: comenzó a gastar dinero en grandes cantidades. Lo primero: restaurar, remodelar y mejorar la iglesia. Tejado, armazón y bóveda fueron hechos a nuevo. Hizo colocar nuevo pavimento, púlpito y lámpara central.



Seguidamente, paga y ordena nuevas decoraciones. Trae un escultor de Toulouse para que realice nuevo tímpano, bajorrelieves, estatuas y un Vía Crucis. De Bordeaux llega un maestro cristalero para confeccionar vitrales nuevos. Para los diseños de cada cosa, se siguen especificaciones muy precisas, ordenadas y bosquejadas por Berenger Sauniere. Con respecto a las mismas, hasta el día de hoy se discute qué clase de simbolismo representan realmente

Pero eso no es todo. El sacerdote sigue gastando: compra seis terrenos en el pueblo y, luego de unificarlos, realiza grandes obras que van desde una torre neogótica hasta un nuevo camino, pasando por un parque con estanques y un invernadero. Pero la más cara y demandante de estas construcciones será la nueva morada del cura: una villa de tres pisos, completamente amueblada.


Los lugareños ya no critican al sacerdote, que ahora les brinda ayuda económica de varias formas. Ni siquiera les importa que comiencen a llegar extrañas visitas a Rennes-le-Chateau, siempre para alojarse como invitados en Villa Bethania, como ha dado en llamar el cura a su vivienda. Entre los nombres que han podido constatarse, hay muchos inexplicables, desde el Secretario de Estado de Bellas Artes de Francia hasta el Archiduque de Austria-Hungría (Juan de Habsburgo). No se ha podido determinar cuál era el motivo de dichas reuniones.

Parece ser que, a esta altura, el único que se hacía preguntas sobre el origen de los fondos de Berenger Sauniere era su superior, monseñor de Beauséjour. Hizo todo lo posible por averiguarlo y, como no obtenía una respuesta válida de parte del sacerdote,  pasó a atacarlo directamente, acusándolo de "traficar misas". Frente a ello, el proceso llegó hasta el Vaticano mismo, donde fue desestimado, se le dio la razón a Berenger Sauniere y se anularon las sanciones que le había aplicado Beauséjour.

Entretanto, el cura de Rennes-le-Chateau ya estaba planificando nuevos edificios y ampliaciones en sus terrenos, a la vez que manifestaba que compraría un auto para movilizarse y pagaría la pavimentación de varias calzadas del pueblo. No pudo ser: sufrió una hemorragia cerebral y falleció en 1917. Y por supuesto, todo el pueblo pensó que, ahora sí, se sabría por fin la verdad de todo, cuando finalmente se abriera su testamento.



Pero imaginen el chasco que se llevaron todos cuando el resultado de la lectura del testamento fue totalmente inesperado: Francois Berenger Sauniere no había tenido jamás ningún bien personal.. Todo, absolutamente todo, estaba a nombre de su supuesta criada (Marie Denarnaud), quien, como todo el pueblo sabía, era en realidad su pareja. Fallecería en 1953, sin comunicar jamás a nadie los secretos del cura, de los cuales seguramente conocía muchos.

Con los años, las hipótesis sobre el origen de la fortuna de Berenger Sauniere se han multiplicado. Le han tildado de alquimista, pasando por agente enemigo y, cuándo no, nuevamente de traficante de misas. Otros han supuesto que los pergaminos encontrados justificaban nuevos pretendientes al trono francés y, ya en los márgenes de la locura, no han faltado quienes ven en esos documentos las pruebas de un linaje de descendientes de Jesús.

Ante esto, hay que apuntar a lo más simple: los hechos. Y éstos no mienten: nuestro buen sacerdote estaba apto para ocupar cargos altos, pero fue enviado a Rennes-le-Chateau en una misión: la búsqueda de documentos y bienes concretos, pertenecientes quizás a una sociedad secreta de índole rosacruciana o neo-templaria, de la que formaba parte. Cumplido su cometido, continuó siendo exteriormente lo que la gente quiso ver: un cura de pueblo que había encontrado monedas valiosas por casualidad. Y para sus cofrades, mientras tanto, fue miembro importante y destacado de una hermandad oculta.

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