EL TESORO DE LA CIUDAD PERDIDA

 

Para contar esta historia, debemos hablar del coronel Fawcett. Percy Harrison Fawcett nació en 1867 en Torquay (Inglaterra). Se enroló muy joven en el ejército, recorriendo el por entonces vasto Imperio Británico. Así es que estuvo en Ceilán, el norte de África, Malta, Hong Kong e Irlanda.



Fuese lo exótico de algunos de sus destinos, fuese una latente curiosidad en su espíritu, o quizás ambas cosas, la cuestión es que Fawcett comenzó a interesarse en la arqueología y la exploración. Sabedor de ello es que un amigo, el escritor Henry Rider Haggard, le obsequió un extraño ídolo de basalto negro, que si bien representaba a un sacerdote egipcio, había sido encontrado en Brasil.

El interés de Fawcett se disparó sobremanera y comenzó a investigar el asunto. Según él, halló concordancias entre los signos que presentaba la estatuilla y los presentes en la cerámica encontrada en remotos parajes de Brasil. Además, recordando costumbres observadas en Asia, hizo que un monje con dotes de psicometría analizara la figura de basalto. El resultado de la lectura señaló un origen remoto, perteneciente a una ciudad oculta en el Amazonas.

Pero lo que realmente sirvió a Fawcett como confirmación de sus ideas, fue un documento muy extraño: el manuscrito 512. Se conserva actualmente en la Biblioteca de Río de Janeiro y consiste en diez páginas que llevan por título: "Relación histórica de una oculta gran población, antiquísima, sin moradores, que se descubrió en 1753"

A medio camino entre una carta personal y un informe expedicionario, el documento relata el hallazgo, en lo más profundo de Brasil, de una ciudad abandonada con características grecorromanas y signos de haber pertenecido a una civilización muy avanzada. Parte del relato nos habla también de yacimientos de oro y plata vinculados a la ciudad. Se desconoce el autor del manuscrito, aunque se supone que sea el jefe de una partida de bandeirantes (buscadores y aventureros que se adentraban en territorios inexplorados).



Más allá de algunos marcadores geográficos que ubicarían en el Estado de Mato Grosso a la ciudad, el documento no indica una localización exacta de la misma. Pero esto no desanimó a Fawcett, que ya contaba con referencias y datos obtenidos durante diversas expediciones realizadas en la zona, además de un mapa antiguo cuyo origen nunca quiso especificar. Lo cierto es que, de acuerdo a sus pesquisas, la ciudad representaba un remanente de la civilización atlante, cuya capital fue destruida en tiempos inmemoriales (de acuerdo a Platón). Según los datos que manejaba el coronel, en la ciudad existían túneles que conducían a cámaras subterráneas con tesoros.

Fue así que en 1925 partió una nueva expedición con el coronel Fawcett a la cabeza, su hijo Jack y un amigo de este último, llamado Raleigh Rimmel. Les acompañaban además dos arrieros locales y contaban con diversos animales de carga y transporte. El 20 de abril se pusieron en marcha desde Cuiabá.



Sería el 29 de mayo cuando llegaría la última misiva de Fawcett a la civilización: un mensajero indígena arribó con una carta donde indicaba que estaba por cruzar el Alto Xingú, un afluente del río Amazonas. Nunca más se supo de ellos.

Con el tiempo, aparecerían diversos objetos ligados a Fawcett. En 1927 se encontró una chapa identificatoria a su nombre y en 1933 se halló una brújula, ambas en poder de aborígenes. En vista de ello, los dieron por muertos, asesinados por tribus no amistosas. Pero luego se confirmó que ambos objetos fueron entregados por el mismísimo Fawcett como obsequios a caciques, en expediciones que había realizado años antes. Por tanto, no estaban vinculados a su última aventura.

Diversas expediciones posteriores manifestaron haber encontrado indicios de la suerte corrida por Fawcett y sus hombres: morir a manos de los indígenas. Pero una y otra vez, las supuestas pruebas y testimonios cayeron por su peso como erróneas o infundadas. Entonces, ¿qué sucedió con ellos?

Parece haber indicios de que Fawcett, llegados a cierto punto, continuó adelante tan sólo con su hijo y el amigo de éste. Y que falseó deliberadamente los datos sobre la ruta que irían a seguir. Lo cual abre otra inquietante hipótesis: sabía muy bien adónde iba, sabía muy bien lo que iría a encontrar  y no tenía intención alguna de retomar sus obligaciones mundanas.

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