En post anterior ya vimos que Pedro Bohórquez, después de varios intentos y expediciones fracasadas, todo lo cual derivó en prisión por orden virreinal, era un hombre en fuga.
De Valdivia pasó a Mendoza, de Mendoza a La Rioja y de allí a San Miguel de Tucumán. Se sabe que pensaba regresar una vez más a Lima, a efectos de efectuar demandas diversas, entre ellas la de ser nombrado Gobernador de las tierras que exploró, en busca de las fuentes del río Marañón.
Pero una vez llegado a San Miguel de Tucumán, las circunstancias que vio le dieron una idea: presentarse como nieto del Inca Atahualpa y reclamar la soberanía inca, nada menos. Así se presentó ante los indígenas de la región, los calchaquíes, echando mano de todos sus conocimientos de las costumbres e idiosincrasia de los nativos, bien entendidas por haber estado casado con una nativa por parte de madre.
El proceso que siguió fue como un fuego incontrolable. Primero se ganó la confianza de un cacique local (Pinguanta), luego la de otros líderes nativos, tras ello se ganó a los jesuitas y éstos le consiguieron audiencia con el Gobernador. Esa reunión se celebraría en Pomán en 1657 y marcó el cenit de Pedro como estafador: se presentó allí ataviado como soberano Inca, en un palanquín cargado por los nativos y acompañado de cien caciques, tal como haría un monarca inca o azteca.
El espectáculo fue convincente, al menos para la mayoría: los españoles le concedieron el derecho de ser tratado como Inca (adoptó el título de Inca Hualpa), además de nombrarle Capitán General y Justicia Mayor. El único que, al parecer, sospechó del personaje y el montaje, fue el Obispo presente. Pero optó por mantener en reserva su opinión.
Así que Pedro Bohórquez, convertido en Inca, estableció su capital en Tolombón, fortificándola y formando un ejército nativo que aumentaba poco a poco sus fuerzas. Al mismo tiempo y por si fuera poco, llevaba adelante otra agenda oculta: averiguar todo lo posible sobre tesoros y yacimientos de metales preciosos abandonados por los incas. Todo lo cual comparaba con la información recabada tanto en Lima como en Potosí y en las fallidas expediciones de su alter ego.
Durante dos años, las cosas se mantuvieron así, hasta que el ajedrez político se le fue de las manos al estafador. Por un lado, los calchaquíes habían esperado que comandara una revuelta contra los conquistadores, por otro lado los españoles reclamaban que contuviera tales pretensiones, ayudara a evangelizar definitivamente a los locales y, ya que estaba, comunicase dónde estaban las grandes cantidades de oro que deseaban conseguir.
Sintiendo la presión de todas partes, al final levantó a los indígenas en armas. Atacó el fuerte de Andalgalá y puso en riesgo Salta y Tucumán. Pero fue derrotado decisivamente al intentar tomar el fuerte de San Bernardo.
Temiendo que sus súbditos le cobrasen la derrota, optó por negociar su rendición con los españoles, a cambio de un indulto. Finalmente se entregó y lo dirigieron a Potosí, con la finalidad de rendir cuenta de sus actos. Pero a mitad de camino intentó escapar de nuevo, a la vez que se supo que tramaba una nueva insurrección contra los españoles. Se anuló entonces el indulto y se le llevó directamente a Lima, donde fue ajusticiado en secreto el 3 de enero de 1667, para luego exhibir su cabeza en una pica.
Ahora bien, entre mentiras y engaños, ¿qué sabía o creía saber Pedro Bohórquez sobre un gran tesoro inca y sobre Paititi? ¿Él mismo había sido víctima de sus fantasías y espejismos? ¿O había un gran fundamento detrás de todo? Lo veremos en el próximo post.



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