Más allá de que el pícaro Pedro Bohórquez fuese un engañoso estafador (que lo era, por cierto), la cuestión es que arriesgó tres veces su vida para poner en marcha una expedición en busca de la ciudad de Paititi y, a modo de colofón, intentó indagar en el conocimiento de los propios nativos al respecto, mientras bailaba en la cuerda floja de un poder mal habido ¿Para qué asumir estos riegos? ¿Qué sabía, pues, que ameritaba dejar de lado el instinto de conservación y perseguir esa búsqueda?
En principio, Pedro insistió en que la clave se hallaba en las fuentes del río Marañón, cuyo curso transcurre enteramente por el territorio del actual Perú. Son 1.700 kilómetros aproximadamente. Nadie sabe a ciencia cierta el porqué de su nombre: se ha dicho que deriva de "maraña" (lugar riscoso o cubierto de maleza que lo hace impracticable), así como también hay quien afirma que proviene de un tal Capitán Marañón, español que habría explorado la boca del río Amazonas.
De igual forma, hay confusión para identificarlo en los albores de la exploración y conquista españolas de América. El nombre "Marañón" se empleaba para designar al Amazonas mismo. Y así figura, por ejemplo, en el mapamundi de Sebastián Caboto de 1544. Ya luego el nombre aplicaría sólo al río que hoy conocemos como afluente del Amazonas.
Las leyendas, relatos y tradiciones orales acerca de una ciudad donde abundaba el oro, son casi paralelas a la llegada de los conquistadores europeos a América. En el caso particular de Paititi, los escritos de diversos capitanes, marinos y funcionarios de la Corona española revelaron datos recabados aquí y allá, que hablaban de esta ciudad incaica o hasta preincaica, cubierta de riquezas a la vista.
No era precisa la ubicación de la misma, pues variaba entre los actuales territorios de Perú, Bolivia y Brasil. De todas formas, no pocas expediciones se lanzaron en su búsqueda y las de Pedro Bohórquez fueron algunas de ellas.
Por lo que se sabe, Bohórquez estaba convencido de que la ciudad existía y era preincaica. A tal punto diferenciaba Paititi de los enclaves incas, que afirmó que estaba poblada por hombres blancos y barbados de una gran sabiduría, cuya civilización era muy superior a la del imperio incaico.
Esta afirmación podrá sonar disparatada, a la luz de los siglos que han pasado desde que se formuló. Pero aunque sea tomada con pinzas, debe ser analizada. La mayoría de los historiadores cree actualmente que las versiones de "dioses blancos barbados" en las creencias nativas, surgieron luego de la llegada de los europeos. Pero existe una minoría de estudiosos que, por el contrario, afirma que la creencia databa de antes de la Conquista, que el caso de Quetzalcóatl entre los aztecas es un claro ejemplo y que, incluso, los relatos sorprendieron a los propios españoles (aunque bien se valieron de ello después).
Como sea, Pedro Bohórquez vivió y murió con la mística de Paititi en la cabeza. Recopiló información entre los nativos, luego proyectó una expedición, la propuso a las autoridades y cometió el error de tentarse con lo recaudado. Luego se arriesgó para proponer otra expedición a otro Virrey y la hizo realidad. Caído en desgracia, volvió sobre sus pasos: se refugió entre los indígenas fingiendo ahora ser una figura de autoridad, merecedor de toda la información que ocultasen sobre el tema. Y aún ocupando un trono que no le correspondía, no paró de insistir para tener un dominio sobre las tierras que quería seguir explorando: las fuentes del Marañón.
Algo debe haber de real entre tanto espejismo dorado. Quizás algún explorador del siglo XXI logre, con otros medios y otros caudales, lo que Pedro no pudo y acabó pasándole factura.




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