Tanto películas como series acerca de la Segunda Guerra Mundial han popularizado la idea de los submarinos alemanes como arma eficaz, que causó grandes daños. Pero no fueron los únicos contendientes, de un lado o del otro, que contaron con ellos y los utilizaron ampliamente.
En el caso de Japón, llegados al año 1939 tenían en su marina de guerra una de las flotas de submarinos más poderosas del mundo. Las cifras indican que contaban con 63 naves de ese tipo y que, durante la guerra, se construyeron unas 111 más.
Esa flota no cumplió un papel destacado durante el conflicto, al contrario de sus pares alemanes. Al parecer, el motivo radica en que el Alto Mando japonés tenía un concepto diametralmente opuesto al de los alemanes en cuanto al uso del arma submarina. Y no variaron de idea en ningún momento.
Como creían que su marina de guerra sería empleada casi exclusivamente para enfrentar a la flota estadounidense en una única batalla decisiva, no tenían otros planes más allá de usar sus submarinos para atacar buques de guerra enemigos. Por eso es que no obtuvieron grandes éxitos atacando las líneas de suministro ni tampoco acechando en los puertos de la costa oeste de Estados Unidos. Un papel nada relevante, que en los últimos años de la guerra los rebajó a un uso casi exclusivo: transporte de suministros y poco más.
Pensando en ello es que los japoneses encargaron a la empresa Mitsubishi el diseño y construcción de un nuevo tipo de submarinos que superasen todo lo hecho anteriormente en materia de sumergibles destinados a llevar carga. Así fue que surgió la clase C3 de submarinos de transporte, de la cual el gobierno solicitó veinte pero sólo se pudieron construir tres. Uno de ellos fue el submarino I-52.
Tenía una autonomía de 12.000 millas, desarrollaba más de 17 nudos en superficie y llevaba seis tubos lanzatorpedos, además de dos cañones como arma de superficie. Con más de 100 metros de longitud, tenía una tripulación de 94 hombres y contaba, claro está, con lo requerido desde el principio: una enorme capacidad de carga.
Por supuesto, todas las partes involucradas en el encargo, la creación y la construcción de este submarino estuvieron más que satisfechas con el resultado. Pero lo que ninguno podía saber es que los norteamericanos, además de desarrollar nuevas tecnologías antisubmarinas, también habían quebrado el código de comunicaciones de la Armada japonesa. Y eso, como veremos en el próximo post, fue decisivo en la continuación de esta historia.

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