En cierto punto de la Segunda Guerra Mundial, los intercambios entre Japón y Alemania, que ya eran de por sí difíciles, se tornaron poco menos que imposibles. Las rutas que debían recorrer los barcos mercantes eran extensísimas y el dominio del Océano Atlántico pertenecía ya a los Aliados. Entonces, la solución natural pareció que era recurrir a los submarinos.
Como ya se dijo en el post anterior, gran parte de la flota submarina japonesa cumplía funciones de transporte. Sobre todo, llevaban material, equipos, alimentos y tropas de refuerzo a las guarniciones de islas que habían quedado cercadas por la Armada estadounidense. Aún así, una misión que partiera de Japón para llegar a Francia (ocupada por los alemanes) conllevaba un gran peligro.
El I-52 sería el quinto submarino que intentase cubrir esa ruta. De los cuatro anteriores, sólo uno había llegado (o dos, según otras fuentes) y los demás habían sido detectados y hundidos en combate. Pero como se trataba de una nave nueva (ésta era su primer misión), potente, de gran capacidad de carga y a la que se asignó un capitán confiable y experiente, el Alto Mando japonés esperó un buen resultado.
Así fue que el 10 de marzo de 1944 zarpó del puerto de Kure con una carga de tungsteno, molibdeno, opio, cafeína y, cosa importante, más de dos toneladas de oro (bajo la forma de 146 lingotes). Hizo escala en Singapur, donde cargó caucho, quinina y estaño en lingotes, con lo cual prácticamente habría alcanzado su capacidad máxima de carga. Además de su tripulación, llevaba 14 o 15 civiles (técnicos y científicos que eran parte de su esfuerzo de guerra).
Desde Singapur siguió por el Océano Índico y alcanzó el Atlántico, siempre navegando según tácticas usuales (sumergido de día, en superficie a la noche). A fin de comunicar su posición, emitía una breve señal cada noche y nada más que eso. Sin embargo, los avatares de la guerra hicieron necesaria una comunicación urgente con el I-52, por fuera del protocolo de seguridad. Esto fue así porque el 6 de junio se había producido el desembarco de Normandía y, en consecuencia, el puerto de destino original (Lorient, Francia) ya no era zona cien por ciento segura.
Comenzaron entonces una serie de comunicaciones no programadas, para dar noticia de la invasión aliada y para dar nuevas órdenes al I-52. El submarino japonés ahora debería finalizar su viaje en Noruega (aún más lejos del destino original) y encontrarse previamente con un sumergible alemán (el U-530). Esto supuso otro flujo de comunicaciones no previstas entre los submarinos.
Todo ello fue debidamente aprovechado por la Armada aliada, que conocía los códigos de las transmisiones enemigas y pronto descifró el punto de encuentro de ambos sumergibles. Acto seguido, enviaron una fuerza de tareas para atacarlos. Así fue que un bombardero sorprendió a los dos submarinos en el peor momento posible: estando ambos en superficie.
El ataque resultante provocó daños al submarino alemán, que a duras penas regresó a su base. Pero el I-52 no tuvo la misma suerte: un par de cargas de profundidad y otro par de torpedos acústicos lo mandaron al fondo sin remedio... ¿con toda su carga o no? Veremos una posible respuesta en el próximo post.



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