Ya se sabe que los tesoros pueden tener los más diversos orígenes y propósitos. Hoy les voy a comentar acerca de uno de principios del siglo XX, cuando este tipo de historias no eran conocidas como "leyendas urbanas".
La acción se sitúa en un barrio de Montevideo cuyo nombre no ha cambiado hasta el día de hoy: La Blanqueada. En el plano de la ciudad, se le puede limitar entre Bulevar Artigas, Bulevar Batlle y Ordóñez, Avenida Italia y la calle Monte Caseros. El origen del nombre del barrio es bien simple: en tiempos en que había pocas construcciones, destacaba un comercio de paredes a la cal, que eran prolijamente repintadas por su dueño periódicamente. Por eso mismo destacaba por su blancura, tanto así que el comercio primero y el paraje después, comenzaron a ser conocidos como "la blanqueada".
Dentro de este barrio, es importante en ese momento la calle Sochantres, antes Camino Cibils, que con los años pasaría a llamarse Jaime Cibils como si se hubiera resistido al cambio de denominación. Pero estamos en 1919 y la nomenclatura de Montevideo la señala así:
"Sochantres: a la calle conocida como Cibils que arrancando de Aldea llega a Monte Caseros, por existir en el Cerro el Camino Cibils con igual nombre , y que va al Paso de la Arena prestándose ello a confusión. Sochantres recordaría un nombre tradicional, muy antiguo en Montevideo, que señalaba aquel paraje donde se encuentra más o menos el arranque de dicha calle."
En esa calle y en ese momento, destaca por lejos una inmensa casona que parece tener todo lo que se puede pedir. Veamos sino lo que nos dice Alejandro Michelena en su interesantísimo libro "La ciudad revelada":
"Entre Carlos Anaya y Urquiza, frente a la entrada del Parque Central, se alza orgullosa una mansión que tuvo su esplendor en los años veinte, rodeada de un amplio jardín que conserva su fuente sin agua y que supo, hace décadas, albergar melancólicas estatuas."
Pero, al parecer, ese jardín contenía mucho más que estatuas, fuentes, árboles y canteros poblados de bellísimas plantas y flores. Era también el escondite de un cofre metálico enterrado, que contenía lingotes de oro, libras esterlinas y una extraña joya de una sociedad secreta no menos extravagante. Y la mansión se utilizaba como centro de reunión y realización de ceremonias rituales para los adeptos.
Michelena nos dice en su libro que se trataba de ceremonias satánicas. Su hipótesis es consecuencia natural de los recuerdos de viejos vecinos de la zona y de las historias que han oído de sus mayores . Pero lo cierto es que allí funcionaba una "logia libre", asociada a la que quizás haya sido la sociedad secreta más hermética de todos los tiempos: la Golden Dawn.
Esta sociedad nació a fines del siglo XIX, en 1887 para ser más precisos. Los acontecimientos se pusieron en marcha en Londres, cuando William Wynn Westcott, médico de profesión, se encontraba en una librería de segunda mano, charlando con el propietario y hojeando los últimos títulos adquiridos por éste.
El librero sabía que el buen doctor tenía afición por los temas esotéricos, y como había comprado recientemente la biblioteca de un ocultista fallecido, avisó al doctor Westcott para que viera si había algo de su interés. Y efectivamente, el médico se llevó varios libros.
Ya de vuelta en su casa, los examinó con más detenimiento y quedó sorprendido al encontrar un manuscrito cifrado, escondido entre la tapa y la cubierta de uno de ellos. No logró entender por sí mismo lo que el manuscrito decía, pero igual Westcott tuvo suerte, porque al rato llegó el reverendo Woodford, a quien había invitado a tomar el té. Y el reverendo era un hombre cultivado en muchos menesteres, incluída la criptografía.
Cuestión que el manuscrito quedó descifrado. Contenía las indicaciones necesarias para contactar a una condesa alemana de nombre Anna Sprengel, cuya familia sería de filiación rosacruz, transmitida de generación en generación. Intrigado por completo, William Wynn Westcott se reunió con dos de sus amigos: el doctor William Robert Woodman (médico también) y Samuel Liddell Mathers (erudito en temas esotéricos) para comentarles los sucesos.
Del contacto de estos tres hombres con la Condesa Sprengel, surgió la sociedad secreta conocida como Golden Dawn, cuyos miembros (hombres y mujeres) estudiaron y practicaron el ocultismo y la magia. Se ramificó en Europa, América y posiblemente tuvo logias en Sudáfrica y Nueva Zelanda. Lo poco que se sabe de la logia que operaba en Montevideo, bajo el paraguas de la Golden Dawn, es que tenía pocos miembros, que era mixta y que mayoritariamente se integraba con británicos o descendientes.
La existencia de un verdadero tesoro, enterrado en los jardines de la mansión de la calle Sochantres, se dio por imperio de las circunstancias. La situación europea ya había derivado en una guerra mundial, a lo cual se sumaban la Revolución Rusa, las tensiones políticas y sociales, así como la sensación general de que cualquier chispa produciría nuevos conflictos en el continente. Y por si esto fuese poco, hubo que agregar las disidencias que se dieron en el seno de la propia Golden Dawn.
De resultas de todo esto, es factible que se halla tomado la decisión de retirar de Europa los fondos reservados de la Golden Dawn, así como también sus valiosos objetos litúrgicos. Es probable que una parte importante de estos valores se haya resguardado en Sudáfrica, bajo el cuidado de William Wynn Westcott, quien aparentemente fingió desvincularse de la sociedad secreta, para evitar presiones cuando su membresía se hizo pública. Otras dos partes encontraron buen recaudo en América del Norte y del Sur respectivamente. Una de ellas lo hizo en Montevideo.
La idea general era que todo retornaría a Europa, pero las circunstancias no lo permitieron. Al fin, la propia Golden Dawn supo de conflictos y escisiones de todo tipo, hasta que se perdió la pista de una sociedad secreta que, ya de por sí, era casi totalmente hermética hacia el exterior.
De modo que allí quedaron, repartidos por el mundo y a buen recaudo, los fondos de la Golden Dawn. No es posible saber a cuánto ascendían los que llegaron al Uruguay, pero se rumoreó "off the record" que se trataba de una muy buena suma traducida en lingotes y monedas de oro. A lo cual debe agregarse un objeto litúrgico de los que se utilizaban en las ceremonias, una cruz cuya base remataba en un triángulo, hecha de oro y adornada con diversas piedras preciosas: esmeraldas, rubíes y zafiros (pues los colores jugaban, al parecer, un papel por sí mismos en el ceremonial de la Orden).
En cuanto a la finca de la calle Sochantres, hay versiones que indican que su propietario habría fallecido poco después de haber soterrado el tesoro que le encargaron. Con el tiempo, la arquitectura de la zona sufrió grandes variaciones, siempre al impulso de periódicos "booms" de la construcción. De hecho, la mansión ya no existe hoy en día y, en su lugar, lucen diversas viviendas. Quién diga si algún vecino no esté ahora mismo, mateando y comiendo bizcochos, sentado sobre una gigantesca fortuna sin siquiera saberlo.




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