Ya hablamos en este blog acerca del "Tesoro de Fenn", enterrado por Forrest Fenn en Estados Unidos y encontrado una década después por Jack Stuef, sobre la base de las pistas contenidas en un libro que Fenn publicó.
No es el único caso, porque similares sucesos tuvieron inicio en Francia en 1993, cuando el escritor Max Valentin publicó la novela "Tras la pista del búho dorado". ¿Qué tuvo eso de especial? Pues que el autor afirmaba haber enterrado una estatua de bronce en algún lugar de Francia y se comprometía a canjeársela, a quien la encontrase, por una de igual tamaño pero hecha de oro, plata y piedras preciosas. La estatua representaba a un búho y las pistas para hallarla estaban, por supuesto, en el libro del Sr. Valentin.
Si era un truco de marketing, funcionó a la perfección. Media Francia se lanzó a buscar el búho y la otra mitad a comentar la búsqueda. No es que fueran tan ingenuos, porque se sabía que la estatua valiosa existía realmente: fue creada por el joyero Ardaches Papazian, que utilizó siete kilos de plata, tres kilos de oro y 500 diamantes en su confección.
El problema principal para los buscadores era que no bastaba con encontrar el búho de bronce. Quien se presentase con él a reclamar el premio, debía probar que había resuelto la docena de acertijos que el libro traía como pistas. De modo que ir por ahí con un detector de metales no serviría para nada.
De todas formas, hubo una "fiebre del búho" en toda Francia. Rápidamente, se formaron grupos de buscadores que se reunían a comentar el libro, analizar las pistas, solucionar los acertijos, cotejar las posibles locaciones y, en general, soñar con encontrar algún día ese gran tesoro.
Pasaron los años y muchos buscadores fueron abandonando la cacería del búho dorado. En cuanto a los que continuaron la pesquisa, recibieron un gran balde de agua fría cuando en 2009 se hizo público que el autor del libro había fallecido. Se pensó que todo había terminado allí, pero aún había esperanza: el ilustrador del libro. Michael Becker, adquirió los derechos y anunció que la búsqueda podía continuar sin problemas. Y así fue.
Entonces, el 3 de octubre de 2024, Becker anunció haber recibido un mensaje con las claves oportunas, tanto las resoluciones de los acertijos como la contraseña de hallazgo del búho de bronce. Pero esto, en vez de representar un cierre a tres décadas de comenzar la búsqueda, sólo significó el principio de una controversia pública, entremezclada con serias acusaciones.
Lo primero que generó sospechas fue el lugar declarado del hallazgo: la localidad de Dabo (Francia), que tiene una población de menos de 3.000 habitantes. Resulta ser que, ya desde los inicios de la búsqueda en 1993, se hizo notorio que algunas rocas de la zona contenían grabados similares a los de las pistas. Como consecuencia de ello, el lugar fue invadido por gente que buscó por todas partes, usando incluso detectores de metales. Y si nada se encontró en ese entonces, ¿cómo fue posible el hallazgo en 2024, a siete metros de esas rocas y a una profundidad de menos de un metro? Convengamos que es muy difícil de aceptar así como así.
Para colmo, las explicaciones que dio Becker al respecto, fueron entreveradas y contradictorias. De modo que una asociación de buscadores cortó por lo sano y presentó una denuncia formal contra él, por fraude, falsificación de documentos, conspiración criminal y receptación de bienes robados. Casi nada.
Digamos de pasada que los tribunales no son cosa nueva para Becker. Ya había estado enfrentado en diversos litigios con los herederos del escritor del libro, en su momento. Pero esta vez parece enfrentarse a un panorama mucho más serio. ¿Qué pasará entonces con el tesoro? Final abierto, por ahora.

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