La Hacienda Caribabare fue la mayor propiedad de los Jesuitas en América. Alcanzó las 200.000 hectáreas en su apogeo y se ubicaba en los llanos de Colombia, entre los actuales departamentos de Arauca y Casanare. Su nombre deriva de lenguas nativas y significa "fortaleza y escuela".
El eje económico de esta hacienda se centró, al igual que en muchas comunidades jesuíticas, en la ganadería y la agricultura, al punto que pronto se convirtió en la mayor fuente de carnes y alimentos de la zona. Más de diez mil cabezas de ganado y casi mil cuatrocientos caballos se hallaban allí. También se llevaron a cabo otras diversas producciones, como por ejemplo la fabricación de tejas. Pero todo ello tuvo un fin.
Este fabuloso auge se vería súbitamente cortado de raíz, cuando el monarca Carlos III decretó la expulsión de la Orden Jesuita de todos sus dominios en 1767, así como la incautación de todos sus bienes. Dado que esta medida se tomó en forma abrupta e inesperada, a lo largo de toda América se ha especulado con la existencia de tesoros, compuestos por valiosos bienes que los jesuitas escondieron de la requisa, con la esperanza de volver algún día. Ya vimos esto cuando hablamos de la búsqueda de "plata yvyguy" en Paraguay.
Lo cierto es que atraviesa más de doscientos cincuenta años la tradición oral sobre tesoros enterrados en la Hacienda Caribabare. Hay motivos de peso para ello pues, de una u otra manera, el volumen de transacciones de la economía de la hacienda debió ser monumental y debía tener un respaldo concreto, aún si existían y se usaban otras formas de intercambio (como efectivamente fue).
Una pista interesante, que todo investigador al respecto debería seguir, son las transcripciones de los bienes que sí fueron secuestrados a los Jesuitas. En la mayoría de estos documentos no se detallan bienes de valor, a excepción de los semovientes. Lo demás abarca un amplio universo de objetos que hacen pensar más en lo que debía haber realmente y no en lo que quedó para la incautación.
Por ejemplo, veamos la lista de "Bienes secuestrados a los padres jesuitas de los pueblos de Casanare y llevados a la hacienda de Caribabare". ¿Qué encontramos allí, sin ser el ganado? Libros viejos, copas y servilletas, utensilios de cocina, ropa y abrigo de cama, algunas pobres luminarias, hilo, papel, paños viejos, algodón, sal de mesa y, como broche de oro, "una hamaca vieja y rota".
Si los funcionarios de la Corona esperaban encontrar bienes valiosísimos (y creo que sí lo esperaban), se llevaron un buen chasco. La lista se parece más a la del desahucio de una pensión que a las finanzas de un soberbio enclave económico. Entonces, algo pasó en el medio. Y ese "algo" bien pudo ser el enterramiento de bienes.
Naturalmente, una hacienda de 200.000 hectáreas es el sitio ideal para eso, habría allí mil sitios adecuados para elegir. No se conoce la magnitud del tesoro ocultado, pero se estima que estaríamos hablando de cientos de monedas de oro, barras de oro y plata, cálices de metales preciosos, joyas y un largo etcétera. Semejante cantidad hasta puede quedarse corta, si prestamos atención a relatos que indican lo siguiente:
"... se llenó un cuadrilátero de más de seis metros, y cuando estuvo colmado fue cubierto con lápida de piedra y concreto aislante de la humedad. Luego se desvió la corriente de un riachuelo cercano y sus aguas corrieron sobre el escondite construido, borrando y ocultando toda huella visible, todo vestigio de aquellas riquezas propias de un imperio."
Y allí debe estar hasta el día de hoy. Un tesoro que cuenta una historia y espera a su descubridor.

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