LOS DODECAEDROS ROMANOS


 

Corría el mes de junio de 1739 cuando se llevó a cabo una de las reuniones habituales de la Royal Society of Antiquaries de Londres, que tenían por escenario una taberna. Allí, entre cervezas y buena comida, solían debatirse y comentarse los hallazgos y novedades que traían los miembros.

Todo transcurrió de forma rutinaria esa tarde, hasta que el Sr. North mostró a los presentes un extraño objeto encontrado en Aston (Hertfordshire, Inglaterra) junto a unas monedas de cobre. Se trataba de un dodecaedro de caras pentagonales, que mostraba agujeros en el centro de cada cara y bolas en los vértices. Nunca se había visto algo similar ni tampoco se pudo aventurar su uso o propósito.



Las cosas no mejoraron en el correr del tiempo. A día de hoy, se han encontrado más de 130 de estos objetos a lo largo de Europa. Está claro que son de origen romano (o galo-romano), pero eso es lo único que se sabe a ciencia cierta. No hay un patrón de tamaño ni tampoco de composición material. No hay referencias a ellos en los documentos romanos que han llegado hasta nosotros, así como tampoco en las representaciones artísticas o decorativas que conocemos.

El último dodecaedro hallado lo fue en la localidad de Norton Disney (Lincolnshire, Inglaterra) por parte de una agrupación de entusiastas de la arqueología. Se compone en un 75 por ciento de cobre, 18 por ciento de plomo y 7 por ciento de estaño. Su estado de conservación es poco menos que impoluto. Pesa poco menos de un cuarto kilo y mide unos 8 centímetros de lado.



Es interesante el hecho de que este dodecaedro fue enterrado deliberadamente, junto con cerámica romana, unos 1.700 años atrás. ¿Por qué se haría esto? ¿Con qué finalidad? A la hora de intentar entender cuál era el propósito de estos objetos, se han formulado sobradas hipótesis y, hay que decir la verdad, la inmensa mayoría han demostrado carecer de fundamento.

Se ha sugerido que se trataba de armas, o instrumentos para calibrar, o artefactos de iluminación o algún tipo de dados que servían para jugar. Pero no hay nada que lo avale. En la actualidad, los expertos se decantan hacia un posible uso ritual, vinculado a prácticas religiosas. De todas formas, es raro que en ese caso no hayan llegado antecedentes documentales hasta nosotros. O quizás no suene tan extraño, si lo ponemos en términos de rituales secretos, de ceremonias secretas.

En el imperio romano coexistían diversos cultos y algunos de ellos distaban de ser masivos. Por ello, sus ceremonias y rituales estaban reservados estrictamente al conocimiento de sus miembros. Uno de estos cultos era el dedicado al dios Mitra, cuya liturgia se celebraba en lugares subterráneos y de la cual sólo han llegado pocos datos al día de hoy.

Cosa parecida sucedía con los Misterios de Eleusis, culto que tuvo su origen en la antigua Grecia y que fue integrado a Roma. Una vez más, es poco lo que se sabe de ellos, pues se remarcaba el carácter de obligado secretismo entre los practicantes. En Grecia se celebraban ritos de iniciación anuales, que duraban nueve días y de los que han quedado documentados algunos componentes externos: procesiones, ayunos y algunas ceremonias. 

Pero lo que nunca se ha sabido y probablemente nunca se sabrá, es la naturaleza de los objetos rituales, así como en qué consistían las sagradas reliquias de Démeter y la revelación que los sacerdotes hacían a los iniciados el último día. Nada de esto ha sido documentado o revelado y, en la época, existía pena de muerte o destierro para quien lo hiciera.

¿Puede ser que los dodecaedros romanos estén vinculados a los Misterios de Eleusis en su versión romana? Es factible que así sea y que tuvieran el carácter de objeto conmemorativo para los iniciados. Por eso es que los hay de diversos tamaños y diferentes materiales, incluso hay algunos pequeños confeccionados en oro.

Lo cierto es que, casi con seguridad, continuarán apareciendo dodecaedros en futuras excavaciones. Y seguirán siendo un quebradero de cabeza para los investigadores.

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